Almodóvar y el vino

 

Almodóvar y el vino

Por Alejandro Crimi

Hace dos años estaba en el cumpleaños de una querida amiga, y luego de almorzar fuimos a un bar de la avenida de Pau Casals (en Salou) para aumentar el porcentaje de alcohol en nuestra sangre. En ese contexto, desgraciadamente salió la política como tema de conversación en un sector de la mesa que me involucraba. Como ocurre en esas instancias, algunas personas se desmarcaron pero yo no lo logré (soy conciente de que necesito terapia). Un amigo búlgaro dijo que el problema de España era que tipos como Almodóvar se robaban el dinero del Estado. En esos días varios pasquines de la derecha conspiranoica habían publicado ese bulo contra Almodóvar y contra la industria del cine español, y una manada de idiotas lo había comprado y compartido. Mi ex-querido amigo búlgaro estaba entre esas víctimas que entendían que los problemas estructurales de España eran culpa de Almodóvar.

Conciente de que mi ex-querido amigo no lee, ni se informa, ni le interesa nada que tenga que ver con temas socioculturales, le dije que lo de Almodóvar era un bulo de la ultraderecha. Por supuesto que rechazó mi comentario, negó la naturaleza del bulo y me dió una lección de política económica que evidenciaba el daño que estos delincuentes (actores y directores de cine) le hacen al país con la complicidad del Presidente del Gobierno de España.

Le dije que lo de Almodóvar era otra de las cientos de mentiras programadas que suelta la derecha y la ultraderecha en los espacios de comunicación social con el objetivo de desestabilizar el país y hacerse con el poder. Mi ex-querido amigo aseguró que él era de izquierda, que siempre le ha gustado Putin (¿¡Putin es de izquierdas!?), pero que ahora le gustaba Trump porque "decía las cosas como son". 

Los dos estábamos con un volúmen importante de alcohol en el cuerpo. Pienso que si no hubiera sido así, yo hubiera cambiado de tema abruptamente para evitar conflictos. Pero no cambié de tema. El alcohol navegaba por mi sangre a toda velocidad. Y entonces le dije que era un ignorante que no tenía idea de nada, que Putín no era izquierda y que el hijo de la gran puta de Trump era un peligroso imbécil narcisista que si ganaba las elecciones de EE.UU. iba a joder el mundo. Le  dije también que había que ser muy pelotudo para ser un extranjero mantenido por el Estado (por una discapacidad adquirida en un accidente vial) y defender las tonterías de quienes, si gobernaran, le quitarían su mensualidad.

Obviamente se molestó y, con los ojos rojos comenzó a decirme que yo me ponía así porque no soportaba que hubiera ganado Milei en Argentina. Y a sus burlas las condimentó con elogios al presidente de los perros clonados.

Mi hígado estaba teniendo problemas para metabolizar el alcohol, y la situación era bastante ridícula. Mi ex-querido amigo era un estupendo superviviente (lo admiraba por ello), pero su capacidad de intelectualización era muy deficiente. Y por mi lado, la ebriedad de mi sangre siciliana se asociaba con mi ascendencia zoodiacal (escorpio) para montar una declaración de guerra irreversible.

En un momento de la conversación me dí cuenta de que hablábamos muy fuerte. El grupo estaba en silencio, al igual que todas las mesas a nuestro alrededor. La médula de mis glándulas suprarrenales segregaban cantidades industriales de adrenalina y cortisol, y de mi boca empezaron a salir frases muy agresivas como "fascista de mierda" y esas cosas. Y debo confesar que no descartaba agarrar una botella (vacía, claro, tampoco se trata de desperdiciar vino) y partirle la cabeza al búlgaro. Hoy lo recuerdo, me averguenzo, y reconozco a la ira como uno de mis principales enemigos. Pero también pienso que lo que dije era lo mínimo que se merecía mi ex-querido amigo. Pero no por malo, sino por tonto.

Con respecto a lo ideológico y político, ninguno de los dos era nada. El búlgaro no tenía idea de estos temas, y yo hace rato dejé de ser de izquierdas. Para mí la derecha es el mal, y la izquierda lo inútil. O sea que no había nada real en juego en esa discusión tan acalorada. Bueno, sí... el cumpleaños de mi amiga y la amistad balcánica. Y de ambas cosas no quedó ni la sombra.

¿Por qué pasó eso? Sé que la gran mayoría opinará que la culpa fue del vino. Pero disiento absolutamente. El vino no era malo. Era un vino peleón, pero no estaba ácido.

En este caso, un búlgaro y un argentino se tragaron la carne podrida con la que la agrupación de Santiago Abascal contamina permanentemente el tejido social español. Todo un éxito de Vox, hay que reconocerlo.

Todo este culebrón se originó por los Premios Goya 2024. Días antes de la gala, el vicepresidente de la Junta de Castilla y León (de Vox), Juan García-Gallardo, buscaba titulares de prensa y atacó a la industria española de cine. Afirmó que los cineastas eran unos "señoritos" que vivían de las subvenciones para producir películas que "nadie ve". Y como era de esperar, la noche de los premios fue refutado públicamente por Pedro Almodóvar y José Sacristán. Al día siguiente, los ultras reventaron las redes sociales con bulos cutres y llenos de odio donde señalaban a Almodóvar (y su entorno) como el "enemigo interno" de España. Así quedaba cerrada otra de las tantas ofensivas políticas que configuran el accionar de los nostálgicos del franquismo. 

Y bueno... De ahí comió mi ex-querido amigo. Y luego fui yo el que mordió el anzuelo (la conciencia se debilita y me pone reaccionario). Impresiona la eficiencia de Vox en estos casos.

Pero este caso no es algo puntual, sino un fenómeno social que está rompiendo amistades, familias y pueblos.

Con mi ex-querido amigo nos cruzamos en el pueblo de vez en cuando, pero nos evitamos mutuamente. Imposible volver a coincidir.  Y también me alejé del grupo que nos había contenido. No sé si fue por verguenza o lucidez.

La realidad se disuelve...



1- A García-Gallardo lo renunciaron de Vox en febrero del '25 por "falta de democracia interna" según sus propias palabras.