Comentarios demoníacos

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Entrevista a Baalberith, demonio vitalicio del Quinto Infierno

Por Alejandro Crimi
(Periodista cuántico)

Ser demonio es mucho más difícil de lo que creen la mayoría de los mortales. Sí, por supuesto que hay momentos estupendos o divertidos, pero tener siempre sobre las espaldas el peso de la marginalidad, a veces, cansa. El único lugar donde en verdad me siento libre es en el averno, porque apenas me involucro en el mundo de los seres humanos, comienzan las represalias. Lo que ya se sabe, exorcistas y una serie de exagerados que ponen el grito en el cielo. Pero no puedo eludir mis responsabilidades y, cada tanto, debo sembrar alguna semillita de maldad en el mundo. Es la única manera de mantener un mínimo equilibrio en el Universo.

La mayoría de los demonios somos de perfil bajo, no nos gusta figurar en los medios —eso es cosa de cristianos—, y nuestra única contradicción es que, como representantes del mal, las cosas nos salen bastante bien.

Entre mis recuerdos más queridos están las anécdotas que viví en Sodoma y Gomorra, allá cerca del Mar Muerto, que por entonces estaba vivo. En esa época ejercía de vampiro travesti y regentaba una especie de burdel donde sucedían cosas increíbles; pero, como todas las cosas malas, duró poco.

A lo largo de los siglos he tenido múltiples oficios. Por ejemplo, en la antigua Grecia era un filósofo cínico, amigo de Diógenes de Sínope; y en Alejandría fui un bibliotecario pirómano. En la Santa Inquisición me infiltré bajo la forma de un monje reprimido y tuve a cargo un confesionario. Al tiempo me aburrí y me convertí en conquistador español. Luego trabajé en Rusia como asesor de Rasputín y en Alemania como médico nazi. Y debo reconocer que uno de los papeles más originales que me tocó interpretar fue el de empresario argentino, en la década de los ‘90. Ahora estoy con unos asuntos del petróleo que no puedo revelar.

Como verán he viajado mucho. Y tanto turismo me sirvió para cultivar la pasión por las artes, mi gran debilidad. En el mundo de las artes hice grandes amigos. ¿Cómo olvidar las exquisitas tertulias con El Bosco, Goya o Francis Bacon? O las disquisiciones acerca de los límites del espíritu con el Marqués de Sade o mi estimado Johann Wolfgang von Goethe. Gente entrañable.

Con algunos poetas tuve una relación más distante, pero no por ello menos especial. Como eran medio paranoicos y ególatras no podía intimar con ellos, de cara a cara, y debía esperar a que se durmieran o se embriagaran para soplarle algunos versos. Es el caso de Charles Baudelaire e Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont. Me acuerdo de una noche en que Baudelaire había salido borracho de un prostíbulo. Cayó de bruces en una callejuela sombría de la isla de Saint Louis, y quedó inerte, con la cara apoyada en un frío y húmedo adoquín. Me acerqué lentamente, me arrodillé y le susurré unos versos al oído. Abrió los ojos de repente y comenzó a vomitar. Luego me fui, sabiendo que al día siguiente, a pesar de la resaca, iba a estar inspirado.

Ducasse me dio más trabajo que Baudelaire. Intuí su gran sensibilidad, pero sabía que no tenía mucho tiempo, ya que era un joven muy débil. Por eso, apenas llegó a la pubertad, comencé a penetrar sus sueños. Cuando terminó «Los Cantos de Maldoror» lo abandoné; tenía entonces 22 años y murió dos años después. Si no fuera yo un demonio, habría sentido lástima.

Con los músicos siempre me llevé bien. O mejor dicho mal, para no caer en las trampas del lenguaje y la semiótica mortal. Uno de mis niños mimados fue Richard Wagner, un compositor genial que, con mi ayuda, supo comprender las virtudes de la guerra y su carácter épico. Desde hace varias décadas trabajo con los mensajes subliminales, para llegar al gran público por debajo de los umbrales de conciencia. Así, he podido distribuir una gran cantidad de propagandas y panfletos en las canciones de los Rolling Stone, Iron Maiden, Jorge Cafrune, Kiss, Alice Cooper, Marilyn Manson, Shakira y cientos más.

Como verán, mis actividades son constantes. Es que si me quedo pasivo se impondrían las leyes del santísimo y reinaría el amor. ¡No se puede tolerar tanta justicia! Aunque siempre estoy recibiendo quejas de los usuarios de la moral, sé que todos me necesitan.

¿Mis próximos proyectos? Si la muerte me acompaña, quizás pueda implementar cataclismos naturales, algunas guerritas y dos o tres pandemias nuevas. Y luego, unas merecidas vacaciones.

¿De qué revista me dice que viene?