El acecho del diván

El acecho del diván

Por Alejandro Crimi
(Preterapeuta)

Salou, 18 de marzo de 2026

Desde hace muchos años estoy rodeado de terapeutas o afines. He compartido cama con varias terapeutas. He vivido y me he drogado con terapeutas. Y también he compartido risas, comidas y momentos entrañables con ellos y ellas.

Mi primera novia fue una terapeuta. Ella me enseñó a leer a Erich Fromm.

Durante un buen tiempo, todas las personas que me rodeaban eran terapeutas o pacientes de terapeutas. Yo no era ni una cosa ni otra, pero no me quedaba ajeno al fenómeno: yo era pareja de terapeuta.

Luego estuve una época sin parejas terapeutas. Pero eso no duró mucho.

Una vez, un terapeuta que estaba hasta el moño de cocaína se me abalanzó para besarme y tener sexo conmigo. Lo rechacé porque soy heterosexual, y también porque era la pareja de una terapeuta que era la mejor amiga de mi pareja, que también era terapeuta.

Otra vez, me separé de mi pareja terapeuta –que era sistémica– y, para evitar la depresión, pedí cita con una terapeuta lacaniana. La lacaniana me dijo que conocía a la sistémica y que era fríjida. Inmediatamente dejé la terapia. Lo recuerdo porque era mi primera vez.

Mi segunda vez fue cuando decidí comenzar terapia con un maestro zen, porque sentía muy débil mi Dasein. En la primera sesión entendí que mi debilidad no era el Dasein, sino la paciencia para la terapia. Inmediatamente la dejé. Lo recuerdo porque fue mi última vez.

Con el tiempo me fui alejando de los terapeutas y me involucré con la psicodelia, pero curiosamente quedé rodeado de pseudoterapeutas.

En la actualidad, tomo triptofano todos los días.